Por Ricardo Candia / El Clarín Chile
Como
un extraño ejercicio de intolerancia, alguna gente de izquierda se han
tirado a la yugular de Boric con una bronca que hasta hace poco era
reservada para el enemigo. Ha sido acusado de cuico, soberbio,
intolerante, pretencioso, hijo de papá, apoyado por la derecha, poco
inteligente, utópico. Falta ser acusado de agente de la CIA, pero aún hay tiempo. Lo que curiosamente se olvida, o se obvia, es que fue elegido por una votación histórica de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.
Personas
de aguda inteligencia se han dejado involucrar en las supuestas
conspiraciones secretas y afirman que la derecha, cuya expresión es casi
insignificante en la Universidad de Chile, ha dispuesto a sus militantes o adherentes para votar por Boric. Más bien contra Camila. Supongamos
por un minuto que, en efecto, estudiantes de derecha votaron por Boric.
En tal caso, ¿habría que anular la elección? ¿Gabriel debería
renunciar? ¿Se declararía ilegal la justa? Quienes acusan de complots
bien urdidos se les olvida que la esencia de las elecciones está en lo
incierto de sus resultados, perder o ganar. Patalear porque el otro
ganó, bien, es un derecho, pero de ahí a buscar explicaciones rascas
para la derrota, es desconocer el principio elemental de la democracia:
que la mayoría manda.
La
extraordinaria dirigenta Camila Vallejo perdió la votación porque los
estudiantes dijeron otra cosa, a pesar de su brillante gestión a la
cabeza de la FECH. Perdió
la elección porque los que debieron prever los escenarios posibles
pensaron que la cosa era pan comido y no fue así. También perdió la
elección porque no es novedad que en la gente y especialmente en los
jóvenes, circula una buena dosis de bronca contra los partidos
políticos, incluido el comunista, de indudables antecedentes
democráticos y de lucha. Finalmente perdió por una mala decisión:
arriesgar el capital político indiscutible y admirable de Camila en una
elección en la que, como se ha visto, podía perder.
No está pasando impune la cercanía del PC con la Concertación,
sus tratativas por cupos y posiciones. Desplazados a un miserable
catorce por ciento del apoyo ciudadano, y a un 4% en la elección de la FECH,
la coalición que gobernó por veinte años con férrea mano derecha busca
con desesperación superar su momento más terrible: abandonados por la
gente, se destripa en peleas internas, sin líderes creíbles y dando
manotazos desesperados.
La Concertación
sufre por estos días su derrota más terrible: su incapacidad de haber
construido una cultura que diera cuenta de su paso por el poder durante
un quinto de siglo. El silencio elocuente de sus ex presidentes, salvo
Ricardo Lagos que por fortuna habla de vez en cuando para aumentar la
bronca que ya es grande, dice mucho. No tienen sino que ofrecer
explicaciones que no son capaces de dar. Pero levantar un significado
trascendente a sus veinte años de gestión, no pueden. Por
eso acercarse a la hora nona a una coalición desprestigiada, que se
revuelca en estertores que pudieran ser finales, es un mal negocio para
cualquiera que se defina como de izquierda.
Y
por esa misma razón entonces que emerge, casi como una condición
necesaria, una muy potente expresión de la izquierda entre los
estudiantes, una de cuyas expresiones ganó la presidencia de la FECH, pero que está constituida por las múltiples manifestaciones en que se organizan, de un modo u otro, en las universidades.
La
izquierda está cambiando. La aparición de nuevos líderes amenaza con
renovar el parque de dirigentes antiguos y desgastados, cansados, con
algo de sueño y sobrepeso. Se está inaugurando un tiempo en que las
cosas comienzan a decirse tal cual son, sin los manoseados eufemismos,
las buenas formas y las genuflexiones caballerescas, y esa práctica es
ya revolucionaria.
En
los últimos veintidós años nunca el sistema había estado tan amenazado
como ahora. Ya no se trata de pataletas periódicas, ni exigencias por
aumentos y bonos. Hay una decisión de cambiar el sistema político y,
mejor aún, una sensación en el sentido común de la gente de que es
posible hacerlo.
Es lo que repite Boric, pero aún así se le dispara como al más odiado de los enemigos. (¿será que esa izquierda que le dispara a Boric es una izquierda que se ha ido acostumbrando al modelo poítico vigente? ¿ah?).