martes, 6 de agosto de 2013

El día en que Estados Unidos desató el infierno en la tierra

Un día como hoy, en 1945, no fueron los árabes, ni los norcoreanos, ni ninguno de los "enemigos del mundo" los que trajeron el terror al planeta tierra. Fueron los mismos que hoy y ayer han decidido quienes son esos enemigos: Estados Unidos. El 6 de agosto de 1945 el pueblo elegido por Dios para imponer la "libertad" al mundo, trajo un pedazo del infierno a la realidad, lanzando una bomba atómica en la ciudad japonesa de Hiroshima, para tres días después, hacer lo mismo con Nagasaki. Así, Harry Truman, presidente de los Estados Unidos encargado de ordenar el genocidio, para muchos ciudadanos estadounidenses se convirtió hasta hoy en un salvador y validó doctrinas que seguirán siendo parte de la política externa e interna norteamericana hasta nuestros días: al enemigo no sólo hay que reducirlo, sino que hay que exterminarlo completamente; la población civil también puede ser blanco de ataques en el proceso de eliminar al enemigo; el proteger a Estados Unidos y sus intereses justifica cualquier acción.

Se estima que murieron alrededor de 250 mil personas, al rededor de la mitad de ellas en el momento exacto de los bombardeos, mientras que la otra mitad siguió muriendo en medio del infierno desatado por las radiaciones y las temperaturas de hasta 4 mil grados centígrados, además de todas las enfermedades y secuelas físicas y psicológicas que trajo para muchos este acto de exterminio. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, en su texto "Los Hijos de los Días" (Siglo XXI editores, Buenos Aires, Argentina, 2012) describe este día como "La Bomba de Dios", diciendo que:
"En 1945, mientras este día nacía, murió Hiroshima. En el estreno mundial de la bomba atómica, la ciudad y su gente se hicieron carbón en un instante.
Los pocos sobrevivientes deambulaban, mutilados, sonámbulos, entre las ruinas humeantes. Iban desnudos, y en sus cuerpos las quemaduras habían estampado las ropas que vestían cuando la explosión. En los restos de las paredes, el fogonazo de la bomba atómica había dejado impresas las sombras de lo que hubo: una mujer con los brazos alzados, un hombre, un caballo atado...
Tres días después, el presidente Harry Truman habló por radio. Dijo:
- Agradecemos a Dios que haya puesto la bomba en nuestras manos, y no en manos de nuestros enemigos; y le rogamos que nos guíe en su uso de acuerdo con sus caminos y sus propósitos..."
Así, podemos ver cómo Estados Unidos modela su conducta histórica desde una acción aberrante, como lo es el lanzamiento de la bomba atómica, y se cuadra como el único país que ha utilizado un artefacto de este tipo contra civiles en la historia de la humanidad, lo que llama mucho la atención cuando vemos cómo los sucesivos presidentes de este país han denunciado los planes nucleares de otras potencias y las han llamado al desarme. No podemos ver entonces este hecho como algo aislado en la historia, sino que debemos comprenderlo como una parte importante que definirá las estrategias y promoverá la impunidad ante este tipo de acciones. Ejemplo de ello es la actual política de "drones" de Estados Unidos, en donde aviones no tripulados asesinan, con ningún juicio ni proceso judicial de por medio, a supuestos "terroristas". Así se ha asesinado en el último tiempo a decenas de familias que poco tienen que ver con el terrorismo y se constituyen en las nuevas víctimas de un pensamiento que sigue muy presente en la política estadounidense.

Finalmente, luego del lanzamiento de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y el fin de la Segunda Guerra Mundial, las contradicciones se agudizarían con la con la Guerra Fría, dando paso a un mundo que se movía desde el miedo y que con la caída de la Unión Soviética sólo cambió de enemigo, pero sigue funcionando desde el miedo. Años después de La Bomba de Dios, un gran director de cine, catalogado por el Pentágono como un peligro por criticar el sistema, Stanley Kubrick, nos mostraría en medio de una comedia de humor negro llamada "Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb" -conocida también en Español como "¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú"-, una fuerte critica a los miedos que se impusieron luego de las bombas atómicas. Así veríamos por primera vez en esta película, la imagen en video, pública y masivamente difundida, de ese desastroso día en que Estados Unidos desató el infierno en la tierra.

viernes, 2 de agosto de 2013

Los que defienden la constitución y la institucionalidad: la elite aferrada a su proyecto histórico


Desde hace algunos meses comenzamos a ver cómo el debate respecto a la necesidad de una nueva constitución y de una reforma a la actual institucionalidad se comienza a centrar en una serie de argumentos que no llevarán a buenos resultados y que finalmente podrían hacer que se geste un proceso de elaboración de una nueva carta magna nuevamente desde un grupo reducido de personas que no representan ni a la mayoría, ni a la pluralidad existente del país. Ya es conocida por varios la propuesta de la candidata mesiánica de la vieja Nueva Mayoría de elaborar una nueva constitución, pero como ella misma lo ha dicho "desde la institucionalidad", es decir, que un congreso binominal, que goza de las evaluaciones más negativas que podría tener un parlamento en América Latina, redacte un documento que reemplace la actual Constitucion y que luego sea votado por ellos mismos para ser aprobado. Pero en fin, más allá de las ideas que se han propuesto desde las mismas elites para poder frenar el fantasma de una posibilidad de Asamblea Constituyente, mi intención al escribir este texto es cuestionar uno de los principales argumentos que han entregado tanto los detractores de un nuevo proceso constituyente, como los que están a favor, pero creen que se debe hacer "en el marco de la institucionalidad". Esta idea fuerza de defender  el marco legal vigente para que desde ahí se genere una nueva constitución, se basa en el argumento de que Chile es uno de los países que se ha mantenido con mayor estabilidad política y social a lo largo del tiempo. Rematan su argumento con el ejemplo de que nuestro país ha tenido muy pocos procesos constituyentes, cosa que, según ellos, demostraría esa estabilidad.

Ahí es donde comienza mi desacuerdo con esa idea que mueve a muchos y muchas a rechazar de plano la idea de una Asamblea Constituyente, porque pareciera que este argumento es el que tiene más peso al momento de criticar la idea de que el pueblo soberano, desde el colectivo, construya una nueva carta fundamental. Por lo mismo analizaremos éste y no otros como ese que habla de que si se desarrollara un proceso de creación de una nueva constitución mediante un modelo asambleísta, estaríamos como en Cuba, Venezuela o Bolivia. Sobre esta idea, que pareciera un argumento, no debiéramos ni opinar, ya que constituye una falacia que se derrumba por sí sola y no es necesario que la discutamos. La ciudadanía ya no le cree a la idea del "monstruo comunista" ni a esas estrategias de Guerra Fría que acostumbra a utilizar la ultraderecha.

Pero metiéndonos de lleno en la idea que miraremos como la posiblemente más cuerda, que tiene que ver con el pensamiento de que Chile ha mantenido una estabilidad política e institucional producto de los pocos procesos constituyentes que hemos vivido, tengo que decir que el que existan menos constituciones, no es una señal de estabilidad. Es impresionante cómo algunos se jactan de eso, como si fuera algo positivo. Más bien, creo que el que no hayamos vivido tantos procesos de este tipo, como los que han vivido otros países (Colombia, Ecuador o Brasil incluso) es una señal negativa más que positiva. Habla de cómo los proyectos de la elite oligárquica fundadora de "la nación" han permanecido casi intactos a lo largo del tiempo, de cómo el sector más acomodado ha logrado empoderarse completamente reduciendo las posibilidades de cambios reales y también nos muestra cómo la ciudadanía y los movimientos sociales no han sido capaces de lograr incidir realmente en la institucionalidad, limitándose a funcionar desde la marginalidad. De esta forma, podemos observar cómo pareciera que la estabilidad institucional de la que hablan es sólo la que se ha logrado gracias a que un grupo reducido de familias ha gobernado el país económica y políticamente a lo largo de toda la historia del país. Estaríamos entonces, frente a un interés profundo por parte de un sector importante de la elite política -no solo por parte de los que defienden la actual constitución Pinochet-Lagos, sino que también por el lado de los que hablan de una necesidad de cambio pero que esta venga desde la institucionalidad vigente-  por conservar sus privilegios y por perpetuar el proyecto histórico de la minoría que ha gobernado este país.

En fin, más que señales de estabilidad, el tema de las pocas constituciones nos habla de cómo hemos adoptado un proyecto de un grupo reducido que se ha mantenido en el poder, como si fuera el proyecto de todxs lxs que vivimos en este territorio, cosa que es bastante preocupante. Cuando la sociedad empiece a cuestionar a las instituciones que para algunos parecieran ser intocables, cuando no tengamos temor de criticar a un Estado que potencia una sociedad dominada por el mercado, cuando comencemos a pensar en algo diferente a este proyecto impuesto históricamente por unos pocos, podremos decir que es un paso interesante el que hemos dado.