Este domingo 6 de diciembre se celebran las elecciones
parlamentarias en la República Bolivariana de Venezuela. Los medios de
comunicación hegemónicos –situados a la derecha del espectro político- han
anunciado con bombos y platillos que podría ser una oportunidad de la derecha
para controlar la Asamblea Nacional, con mayoría revolucionaria desde que
asumió Hugo Chávez el poder el 2 de febrero de 1999. Estos mismos
medios que se han encargado de anunciar un supuesto “inminente triunfo” de la
oposición, también han puesto en tela de juicio el proceso eleccionario, porque
parece que solo si ellos ganan será considerado un proceso limpio y si no,
tendrán la oportunidad de acusar fraude.
Y esta no es una actitud de ahora, ya que los mismos que hoy
se ponen el traje de demócratas para atacar la supuesta dictadura chavista, son
los artífices del golpe de Estado que en 2002 sacó a Hugo Chávez del poder
durante 48 horas, hasta que la movilización popular en las calles y el ejército
obediente al mandato popular -extraña cosa en la historia latinoamericana- devolvieron
al depuesto presidente al poder. Los mismos que hoy se ponen traje de
demócratas para acusar falta de libertad de expresión son quienes, en medio de
ese golpe cerraron el Canal 8 (Venezolana de Televisión, la televisora pública)
y una serie de radios para que no mantuvieran informada a la población y se
generara una visión mentirosa y alterada de los hechos que supuestamente justificaban el golpe.
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| El golpe de Estado de 2002 terminó con los golpistas nuevamente en la oposición, hoy vistiéndose de demócratas. |
Por otro lado nos encontramos con una extraña dictadura que
en su constitución –plenamente vigente en este momento, realizada por una
asamblea constituyente y aprobada en urnas por toda la población- establece un referéndum
en cualquier momento del periodo presidencial, si el mandatario así lo quisiera
o si el parlamento, con un quorum no muy alto, se lo solicitara. Fue así como
la oposición logró en 2004 conseguir los votos para forzar a Chávez a someterse
a este mecanismo. Entonces presenciamos, por primera vez en la historia de la
humanidad, a un “dictador” sometiéndose al escrutinio de su pueblo, quien lo
ratificó en el poder con el 59,1% de las preferencias. En ese momento
delegaciones de observadores de Estados Unidos, la Unión Europea, la
Organización de Estados Americanos e independientes invitados por el
oficialismo y la oposición, validaron el proceso, reconociéndolo como una
muestra de madurez democrática. Además, aprovecharon de calificar el sistema
eleccionario venezolano (voto electrónico) como uno de los más seguros del
mundo, en términos de dejar casi nula la posibilidad de fraude –ya que se
realizan auditorías previas, en el momento y posterior a la elección, con
presencia de representantes de todos los sectores participantes y observadores internacionales,
además de miembros del Consejo Nacional Electoral, que constitucionalmente se
articula como un poder del Estado-. Extrañamente son varias de esas mismas instituciones las que hoy se abren a hablar, anticipadamente, de una posibilidad de fraude, cuando el sistema electoral sigue siendo el mismo que anteriormente reconocieron y apoyaron.
Entonces, vale la pena cuestionarnos por qué los medios de
comunicación, que debieran ser los mediadores entre una realidad particular, en
este caso la venezolana, y el resto de la sociedad, han generado un relato
completamente alejado de la realidad y hecho a la medida de quienes,
reitero, hoy se disfrazan de demócratas.
Por último, dejar en claro que con lo anterior no quiero
decir que la situación en Venezuela sea la panacea. Por supuesto que hay problemas,
como en todos los países, pero solo hace un par de semanas acabo de llegar de
un viaje de casi tres semanas por Caracas, en donde participé de diversas
actividades académicas y pude conocer a revolucionarios, antirrevolucionarios, apáticos
y desinteresados. Ahí me di cuenta de la forma en la que se ha construido el
proceso revolucionario venezolano, que pasó de 1,5 millones de analfabetos a
ser reconocido como un país libre de ese problema, en donde se desarrolla un
fuerte plan de intervención al espacio urbano para generar más de un millón de
viviendas para la población pobre, donde un país tan pequeño y latinoamericano se ubica en el quinto lugar en matrícula universitaria en el mundo, con más
de 20 nuevos planteles estatales, gratuitos y de calidad creados desde 1999 hasta la
fecha. Después de dar cuenta de todo eso puedo decir que los logros son
visibles, que por más que se quiera vender una imagen caótica y servil a los
intereses de las élites que han ido perdiendo su poder frente a los avances del
pueblo, en el suelo venezolano, en el día a día, se sabe la realidad y se ven a simple vista los
logros de la revolución.
También se ven otras cosas: la corrupción, la inseguridad, las
filas para conseguir ciertos productos (principalmente de aseo personal), la
inflación, etcétera. Sí, también se ve y sería bochornoso criticar a los medios
que solo muestran una parte manipulada de la realidad y responder haciendo lo
mismo de vuelta. Hay problemas y también se ven a simple vista. Pese a lo
anterior, creo que el conflicto más grande está en la necesidad de repensar y
replantear un proceso social y político que ya cumple 17 años y que, pasando a
una etapa de madurez, necesita construir un nuevo relato, plantear un nuevo
horizonte en donde las bases del proyecto político revolucionario sigan más
vivas que nunca, pero se logre volver a reactivar la acción y el compromiso que
caracterizó la primera época del proceso. Hoy la revolución, lo que los medios
denominan “el chavismo” por toda esa demonización que se generó en torno a la
figura de Hugo Chávez, enfrenta un gran desafío: generar un relato político que
despierte nuevamente la revolución y perfeccione las malas decisiones que se
pueden haber tomado en los últimos años. Pero frente a las elecciones, solo
queda terminar con una frase del escritor Eduardo Galeano, quien conoció de
cerca la realidad venezolana siendo corresponsal de prensa en este país durante
un tiempo:
“Esos y otros muchos invisibles no están dispuestos a regresar a Nadalandia, que es el país donde habitan los nadies. Ellos han conquistado su país, que tan ajeno era… Hoy están en el gobierno y, por más que los medios alteren la realidad, no están dispuestos a irse y así lo demuestran en las urnas”.

