Desde hace unas semanas atrás, cuando la concertación se pasara por el culo
sus propios compromisos de realizar primarias para definir a sus candidatos a las elecciones parlamentarias de noviembre, ha existido una verdadera cacería de brujas, en donde la "ciudadanía inquisidora concertacionista" pretende llevar a la guillotina política a quienes sean culpables de que el acuerdo de las primarias no se haya producido. Algunos dicen que la Democracia Cristiana y sus ansias de poder tuvieron mucho que ver, otros que el Partido Radical no cedió en varias circunscripciones en donde se necesitaba que cedieran, incluso, últimamente los dardos se han centrado en la participación de Camilo Escalona como el culpable de todos los males de la Concertación y quizás de la humanidad entera. Ante eso, pareciera que Camilo Escalona se estaría convirtiendo en el chivo expiatorio de la
desconcertación, que ya no sabe a quien poner al frente de las crítica para que no se afecte a la blindada mesías que llegó hace unos meses desde New York, aunque algunos aun no se den cuenta de su llegada poque con el blindaje comunicacional, pareciera que aun sigue en ese silencio que la caracterizó desde que se fue del país.

Si bien, Escalona no debiera ser el chivo expíatorio de los pecados que han cometido muchos más, vemos en su figura la representación de lo que son muchos polítiqueros hoy en día, de lo que es la dirigencia de la Concertación en general, esa en que sus militantes aun confían, después de más de 20 años, que sus acomodados dirigentes algún día cambiarán y nuevamente volverán a sus orígenes. Pero para conocer más sobre una figura que representa la cochinada de la Concertación, acá el relato de Perdro Lemebel, sobre Camilo Escalona:
Si hago el esfuerzo de recordar al Camilo de entonces, tengo
que mirar la población en retrospectiva, cuando las familias atorrantes
llegaron a ese barrio nuevecito, recién pintado, con plaza, escuela y
mercado por allá en el año sesenta. Tengo que ver los camiones y las
risas de los cabros chicos descargando sus camas Cic y sus comedores
Normandos, y todo el traperío chillón de los pobres que trasladaban del
Cerro Blanco o Cerrillos para habitar las casas y bloques, que los
panaderos y molineros habían logrado levantar en la Gran Avenida a puro
ahorro y esfuerzo.
Si lo pienso pendejo de apenas nueve o trece
años, no puedo dejar de ver el acuario de sus ojos, que era lo único
verde que chispeaba en el descolorido paisaje de la zona sur, en esos
bloques de tres pisos que para nosotros eran tan altos, cuando jugábamos
a ser trapecistas descolgándonos por sus barandas y fierros, a
los gritos aterrados de alguna mamá tapándose los ojos para no ver el
equilibrio suicida de los niños en el vacío de los bloques. Los
edificios de la pobla, esas cajas de cemento para almacenar familias de
mapuches panaderos ue eran nuestros vecinos, nuestros compañeros de
juegos esas largas tardes del verano proleta. Esos calurosos e
interminables eneros, cuando el ocio infantil, sin televisión, nos hacía
imaginar el mundo como una aventura, como una historieta de revista, de
esas revistas de monitos que cambiábamos por un peso todos los días
para creernos Mizomba, Turok, Roy Rogers, o Mawa, la Reina de la Jungla,
en mi caso.

Entonces soñábamos tantos mundos, Camilo, y las leyendas
de esos comics se hacían reales en el verano haragán de esos niños
tirilludos, entretenidos en tirar piedras, cazar lagartijas o robar
frutas en esas casas quintas de la Gran Avenida. Recuerdo difusamente
esos inocentes delitos, veo entre los carbones oblicuos de los ojos
mapuches, tus pupilas de agua marina que te coronaban líder, y eras el
primero en trepar la muralla sin temor a los perros y cuidadores. Eras
el más ágil, el único que alcanzaba los damascos maduros, tan arriba
esos soles niños que mordía tu boca jugosa. Nunca tuviste vértigo por la
altura, quizás por eso fuiste el único que vio venir el futuro nublado,
a diferencia de toda esa camada de huachos que después crecieron
pateando tarros y neumáticos en el fragor de las barricadas. Fuiste el
único que apretó cueva al exilio después del golpe, debe ser porque los
rubios siempre apretan cachete cuando arde la selva del indiaje. Y ahora
que lo pienso, ahora que te veo en la tele con tu terno tan
parlamentario, caigo en cuenta que, tal vez, nunca fuiste de los
nuestros, ni siquiera con el puño en alto atragantándote con esas frases
rojas que les discurseabas a los estudiantes para que te eligieran
presidente de la FESES, en el liceo Barros Borgoño donde también yo
estudiaba. Nunca te creí del todo, Camilo, y tú nunca me viste. ¿Cómo me
ibas a ver desde las alturas del Marxismo Leninista? ¿Cómo ibas a mirar
al mariquilla de la pobla, un colijunto temeroso que no se atrevíaa
realizar las hazañas de los niños machos. Un niño raro que te
veía boquiabierto chuteando la pelota en la polvareda de la plaza, que se
moría portocar el pelaje dorado de tus muslos enrojecidos por el día de
playa. Un solo día al año en que madrugaba la población por el paseo de
la Junta de Vecinos. Entonces, los niños no dormían soñando con esa
primera vez que verían el mar. Y sumaban y sumaban mares de revistas
hasta el infinito. Pero igual les faltaban pozas paracompletar el
horizonte marino. Y cuando llegaban al mar de Cartagena, frente a la
inmensidad de ese cielo aguado, se quedaban cortos, mudos, acezantes
anteese abismo salado y azul. Y sólo entonces, se decidían a crecer,
para podermirar un día frente a frente al dios de las aguas.
Pero
ninguno creció como tú Camilo, ninguno recorrió el mundo ni vio de cerca
los paisajes de las revistas. Ninguno se fue de la población a otros
barrios más pudientes. Ninguno fue a la universidad, ni menos llegó a
presidente del partido socialista. A ninguno le bastó esa mancha azul,
ese relámpago de mar para izar con triunfo su futuro. Y a todos esos
niños del cuento, se los fue tragando lentamente el pantanoso destino
proletario. Alguno murió en dictadura, otros en peleas de borrachos, y el
resto se pudrió de cesantía, alcohol, drogas o delincuencia en alguna
celdade la cárcel. Al último lo encontraron colgado de una baranda en
los bloques,como si volviera a ser niño jugando al trapecio para huir de
la depresión angustiosa llamada pasta base. Como ves, en la población
está todo casi igual, a no ser por todos los que faltan, los que se
fueron esperando el día triunfal de tu regreso. Todos tenían algo que
pedirle al parlamentario orgullo de la población. Todos deseaban al menos
sacarse una foto contigo, para mostrarla asus nietos y decirles que un
día, ya esfumado por el alzheimer, corretearon con un famoso por los
potreros de San Miguel, cuando todos los sueños infantiles cabían en unos
ligeros zapatos rotos.
Pero más allá de este relato de Lemebel, encontramos a Escalona, este hombre que llega a ser dirigente estudiantil y desde ahí salta a la fama como dirigente del Partido Socialista luego de su exilio durante la dictadura, termina representando la realidad de muchos de los que están en la Concertación, que
como dice el cantautor Mauricio Redolés, se fueron hacer postgrados en socialismo y llegaron a Chile a fines de los 80' o durante los 90', bajo el lema de "la alegría", a cargo de la defensa de las grandes transnacionales que la dictadura instaló en el poder. Pero ¿Escalona es el culpable de todo? Sólo esa pregunta dejo luego de esta reflexión. Personalmente creo que no, que este hombre de los "ojos de acuario", como dice Lemebel, es la mera representación de lo que es hoy la Concertación.
Y permítanme decirle, a los que creen en la mesías, que ella no se vende por separado de estos señores y señoras que se acostumbraron a traicionar sus propios ideales a cambio de la estabilidad del modelo neoliberal y del dinero que las grandes empresas nacionales y transnacionales aportan a sus campañas.
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