En 2015 tuve la posibilidad de conocer de cerca la realidad
de los poblados rurales de la zona centro sur de Chile, al participar de un
trabajo de campo en el contexto del proceso de planificación de la construcción
de pequeños y medianos embalses para regadío en zonas fuertemente afectadas por
la sequía que ha sacudido al país en los últimos años. Debo reconocer que antes
se subirme a los transportes que nos llevaban a los diversos lugares de las
regiones de O’higgins y Maule conocía escasamente de qué se trataba el
problema, cuál era su real magnitud y la complejidad de factores que hay detrás
de una situación que es transmitida por los grandes medios de comunicación como
un “desastre natural”, evitando hablar de las responsabilidades humanas. En el
camino hacia las zonas en que nos correspondía desplegar a los equipos de
trabajo, quienes no conocíamos varios de los lugares nos impresionamos ante los
bellos paisajes marcados por el verde de los densos bosques que nos vigilaban a
escasos metros (o incluso centímetros) de los serpenteantes caminos muy bien
pavimentados y, en momentos, atestados de grandes camiones de los que emanaba
el profundo olor de la resina de los arboles recién mutilados que transitan
hacia los aserraderos.
Durante el mes de enero y febrero de ese año nos desplegamos
en la comuna de Curepto, ubicada hacia la costa de la ciudad de Talca, en la
región del Maule. Ahí, en un sector llamado Gualleco, comenzamos a conocer la
realidad de una zona fuertemente afectada por el gran capital forestal chileno.
La imagen de los verdes bosques quedó convertida en una molesta ilusión –o un
espejismo, como los que se producen en los desiertos-.
En un pueblo casi fantasma, afectado por el terremoto de
2010 y luego por el devastador incendio de 2014, los escasos pobladores que se
negaban a emigrar al mundo urbano nos contaron que desde fines la década de
1970, cuando comenzaron a proliferar las grandes plantaciones de Pinos y
Eucaliptus, el pueblo nunca volvió a ser igual. Grandes empresas representadas
por señores citadinos educados y vestidos con ternos, corbatas y artículos
electrónicos inentendibles para ellos, llegaron ofreciendo la esperanza de una
mejor calidad de vida, generar más fuentes de trabajo y traer el progreso a
estas zonas olvidadas que solo hace pocos años comenzaban a superar los
residuos de la era del latifundio. Pero el resultado fue la agudización de las
sequías y, al mecanizar los procesos de extracción, la promesa de un aumento de
la necesidad de mano de obra se esfumó. Quedaron sumidos en el abandono y la
pobreza rural, que no es igual a la de las grandes ciudades, porque en el campo
al menos queda sentido de comunidad, están los animales y los esfuerzos para
hacer producir la tierra a como dé lugar, con el único fin de poder subsistir.
Pese a la vida precaria que llevaban, los habitantes de
Gualleco buscaban entre lo que no tenían para ofrecernos alguna fruta, un pan
amasado, una empanada o cualquier cosa de comer y beber. La esperanza de poder
enfrentar la sequía que las forestales agravaron estaba en sus ojos, como si
presenciaran la oportunidad de encontrar un oasis en medio de este desierto
verde. La mayoría de habitantes del poblado eran adultos mayores, puesto que
sus hijos y nietos habían tenido que emigrar forzosamente a las ciudades más
cercanas en búsqueda de trabajo, estudios y, en fin, el espejismo de una vida
más cómoda con el que se promueve a las ciudades en el mundo rural. En ese
momento entendí que el incendio ya había pasado por ahí antes de que se vieran
las llamas y comenzó cuando desde las altas esferas del poder se decidió
adoptar una política que enriquece a unos pocos, a costa de la precarización de
muchos.
Los cambios que los habitantes de estas comunidades del
centro sur de Chile comenzaron a ver durante la década de 1970 responden a la
ejecución del Decreto 701 del 15 de octubre de 1974, firmado por la dictadura
cívico-militar, que concedió exenciones tributarias, subsidios y bonos para la
industria forestal. El acuerdo fue sellado por la Corporación Nacional Forestal
(Conaf), institución que en ese momento era liderada por Julio Ponce Leroy,
yerno del dictador Augusto Pinochet que luego adquiriría la empresa estatal
Soquimich, que actualmente se encuentra involucrada en escándalos de
financiamiento irregular a casi la totalidad de partidos políticos de la
transición. El acuerdo para potenciar la industria forestal emanó como una
forma de pagar los favores que los Matte y Angelini, dos de las familias más
poderosas del país, le hicieron a la derecha chilena al “invertir” mucho dinero
en el boicot al gobierno de Salvador Allende, que terminó con el golpe del 11
de septiembre de 1973 y la imposición de una dictadura cívico-militar que, a
punta de violencia, impulsó políticas neoliberales y enriqueció a sus “amigos”
vendiendo bienes públicos y generando subsidios para estabilizar sus negocios.
Cómodos con las medidas neoliberales los gobiernos de la
postdictadura se han negado hasta nuestros días a modificar la normativa
impuesta (ver más en: https://shar.es/19KhBz)
y -posiblemente impulsados por los grandes “aportes” de estas empresas a
campañas políticas-, sabiendo el daño que hacen las plantaciones de las
especies anteriormente mencionadas, se ha estimulado su cultivo encubriéndolo
mentirosamente con una campaña comunicacional que apela a bonificaciones por
“recuperación de suelos degradados y forestación”, entregándose
solo entre los años 2000 y 2014 un monto superior a los US$228 millones a las
grandes empresas forestales. No contentos con este decreto, pese a los
constantes incendios como el de Gualleco en 2014, en
los últimos años se han continuado aprobando más subsidios y noticia aún
más escandalosa: después de los mega incendios desatados en los meses de enero
y febrero de 2017 en el centro sur del país, el
gobierno volverá a subsidiar la “reforestación” de las zonas incendiadas en los
últimos episodios para ser plantadas por pinos y eucaliptus, volviendo a
levantar millonarias ganancias para las grandes familias de la elite chilena a
costa de la precarización y empobrecimiento de miles de familias campesinas (ver documental “Plantar
Pobreza”).
Los habitantes de Gualleco con el tiempo conocieron el
significado de una compleja palabra: monocultivo, la forma en que los técnicos
llaman al desarrollo de plantaciones de Pinos y Eucaliptus en cantidades
industriales que se desplegaron en lo que antes eran tierras cultivables o
bosques nativos. Ambas especies arbóreas fueron introducidas al país,
desplazando a las cepas autóctonas. Un gran negocio en el corto plazo, puesto
que son de rápido crecimiento si se les compara con especies locales, pero un
potencial desastre en el futuro, ya que consumen exceso de agua y desertifican
los suelos impidiendo la vida de gran parte de la flora y fauna propia de esta
zona. A largo plazo, un polvorín en caso de que se dieran las condiciones –e
irresponsabilidades- asociadas a un incendio, pero también con consecuencias a
mediano plazo: la transformación brutal de bellos pueblos con economías de
subsistencia en verdaderos desiertos verdes, continuando con la política del
Estado neoliberal de basar la economía del país en la explotación indiscriminada
de recursos naturales.
* Escrito originalmente para rebelion.org


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